
Una imagen que nunca esperamos ver: Lehman Brothers subasta sus obras de arte para pagar a los acreedores / Getty Images
La crítica situación económica en los países occidentales está durando más de lo que se pensaba. El paro continúa golpeando los hogares de millones de personas; los mercados siguen inestables, experimentando tanto subidas como descensos históricos; y los gobiernos siguen sin dar con la clave. Una de las principales conclusiones que se puede sacar de este año es que la crisis tiene un carácter internacional, por lo que no puede ser entendida si se extrae de su contexto global. En este sentido, no se ha de olvidar que por su totalidad, la crisis tiene su epicentro dentro del sistema financiero capitalista. Es decir, que el problema reside en el sistema de créditos y en la ‘inevitable’ tendencia del ser humano a jugar con lo que no se tiene. La especulación –que no termina de ser sino un tipo de riesgo que corre el empresario–, llevada a sus límites, ha descubierto los puntos débiles de un sistema económico basado en el consumo. Mientras que los ciudadanos siguen pagando las irresponsabilidades de unos pocos, los provocadores de esta situación, es decir, los bancos, siguen incurriendo en el error de conceder créditos de riesgo. La respuesta de la sociedad, poco a poco, se deja sentir. Para comprender ésta mejor, dentro de su contexto, no estaría de más repasar lo que ocurrió en la otra gran crisis económica del sistema capitalista. El hecho de recurrir a ella nos puede dar las claves para establecer diferencias y semejanzas entre dos situaciones tan, aparentemente, similares, pero tan distantes en el tiempo. De esta manera, no sólo se pueden analizar las reacciones políticas, económicas y sociales ante una crisis, sino también prever el posible desarrollo de dichas respuestas.

Cuando estamos a punto de culminar el año, podemos hacer balance de lo que ha supuesto este curso del 2010. Iniciada en 2008 con la quiebra de importantes entidades financieras estadounidenses como Lehman Brothers o Merrill Lynch, la crisis económica, que actualmente azota a todo el planeta, recuerda, inevitablemente, a la ocurrida en 1929. Las consecuencias de ésta se evidenciaron durante los años 30, tiempos de depresión, en los que, siguiendo la analogía, nos encontraríamos hoy en día. El Crack del 29 se produjo debido a un cambio de tendencia en el campo bursátil. La compra masiva de acciones se tornó, de la noche a la mañana, en una venta a la desesperada de éstas. Como consecuencia, el pánico se extendió entre la población, cuyo único objetivo era hacer tangible su dinero. El cambio, debido a la retirada de los fondos de Nueva York para invertirlos en el Banco de Inglaterra, con un interés menor, provocó la venta de unos 13 millones de acciones el Jueves Negro (24 octubre), y de unos 33 millones el Martes Negro (29 octubre). La crisis bursátil de 1929 repercutió en todos los sectores de la economía, causando una reacción en cadena.
El principal afectado fue el sector financiero. Los clientes acudieron a los bancos para sacar sus depósitos, pero éstos fueron incapaces de devolverlos, ya que estaban empleados en préstamos e inversiones. En consecuencia, los sectores agrícola, industrial y comercial se vieron plenamente afectados. La quiebra de los bancos fue unida al hundimiento de los créditos, por lo que se frenó la inversión. En definitiva, la sociedad fue la que en última instancia sufrió los golpes del crack. La falta de créditos provocó una importante destrucción de empleo. A su vez, el paro hizo disminuir el poder adquisitivo de la población agravando la crisis del comercio. De esta manera, la crisis, originada en Estados Unidos, se propagó por el resto del mundo. ¿Coincidencia? Salvando ciertos detalles, como las fechas o el origen bursátil del desplome, la crisis de 1929 es idéntica a la de 2008. Eso sí, los tiempos han cambiado. Y es que el contexto histórico en el que tuvieron lugar ambas catástrofes económicas es bien diferente. Mientras que la primera ocurrió tras la Primera Guerra Mundial y en plena crisis de las democracias contemporáneas, la segunda ha llegado sin la resaca de un gran conflicto bélico detrás, que obligue a recuperar las economías de los países implicados, y con un sistema democrático relativamente bien asentado en las principales potencias mundiales. Estos dos elementos son de crucial importancia para establecer las diferencias entre el Crack de 1929 y el Crash de 2008. Y es por eso, por lo que la analogía entre los años 30 y la actualidad no es del todo correcta.
Muchos analistas se han empeñado en comparar la crisis actual con la de 1929. Es cierto que hay ciertos puntos comunes. En este sentido, si seguimos un paralelismo histórico, el año 2010 hubiera sido al Crash del 2008, lo que 1931 al Crack de 1929. Dos años después de la catástrofe económica, parece que las principales potencias caminan en la misma dirección. La solución era evidente. Si a Roosevelt le fue bien llevando a la práctica los tratados de John Maynard Keynes sobre el papel del Estado como solución a los desajustes de la balanza oferta-demanda en tiempos de crisis, ¿por qué no iba a funcionar esa receta casi ochenta años después? En 1929 el mundo no era tan homogéneo como hoy en día lo es. En 1931, dos años después del Crack de la Bolsa, Europa se encontraba dividida ideológicamente. Mientras en España nacía la II República, en Alemania el partido nacionalsocialista experimentaba un aumento vertiginoso de sus simpatizantes. Aquel mismo año se terminó de construir el Empire State Building, inaugurado por el presidente de los Estados Unidos, Herbet Hoover el 1 de mayo. No deja de ser curioso que el, por entonces, símbolo más alto del capitalismo se culminara de levantar el mismo día que se celebra el Día Internacional de los Trabajadores. En el lado opuesto de la teoría económica, seis meses después, Mao Tsé Tung proclamaba la República Soviética de China. Comunismo y capitalismo todavía tendrían que combatir en el mismo bando contra los fascismos durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, estos acontecimientos dejaban entrever la división que experimentaba el planeta.

La solidaridad entre países está siendo fundamental para afrontar la crisis económica. He aquí un nuevo distanciamiento entre la situación actual y la que propició el avance de los fascismos. Tras la Segunda Guerra Mundial el mundo, y especialmente, Europa, campo de batalla durante siglos y siglos, vivió una nueva etapa política y económica dominada por el asociacionismo. La mejor manera de prosperar que tenían los países era apoyándose en sus semejantes, no enfrentándose a ellos. Durante la segunda mitad del siglo XX nacieron la mayoría de los pactos y acuerdos que hoy en día siguen vigentes. De esta manera, se estaba creando un seguro para evitar futuros conflictos. En 1957 Alemania y Francia colaboraban en la configuración de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), futura Comunidad Económica Europea, cerrando heridas de guerra históricas. Bajo esta tradición diplomática de la cooperación surgida tras el gran desastre económico, político y social que supuso la Segunda Guerra Mundial, se ha desarrollado la crisis de 2008. Así, la principal diferencia con respecto a la de 1929 es que, mientras ésta supuso la quiebra de la solidaridad internacional iniciada con el Tratado de Locarno y la búsqueda por parte de las naciones de sus propios beneficios, la del 2008 ha fomentado la cooperación internacional. Sin embargo, también ha puesto a prueba la cohesión de ciertas comunidades como la de la Unión Europea.

Zapatero intenta despejar sospechas sobre la economía española en la cumbre del G-20 de Seúl / Getty Images
Irlanda, Grecia, Portugal y España han sido los países que más tensión han creado dentro de los estados miembros. Con unos preocupantes niveles de endeudamiento, estos países han recibido el toque de atención por parte del Eurogrupo encabezado por Alemania. Además, los mercados han castigado severamente las Bolsas de estos cuatro países. El déficit público que arrastran no es, ni mucho menos, una buena carta de presentación para atraer inversionistas. En este sentido, la falta de capital ha provocado que el nivel de recuperación en ellos sea lento. Es decir, no se están creando empresas nuevas (o más bien no hay dinero para crearlas), por lo que el desempleo sigue en unas cotas muy altas. En consecuencia, el nivel de consumo sigue estancado. En el sistema capitalista, si el dinero no se mueve genera pobreza. Únicamente con el movimiento del dinero se puede salir de la crisis y las estructuras económicas de dichos países dificultan mucho esta recuperación. Así, instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Económico Europeo han dejado entrever que el dinero invertido para recuperar las economías de Irlanda y Grecia no será suficiente para activar de nuevo a su población. Como reacción a las medidas adoptadas respecto a estos dos países, Portugal y España han llevado a cabo una serie de medidas con el fin de deshacerse de la deuda que los apisona, atraer inversionistas y alejar los fantasmas de una posible recuperación económica dirigida desde la Unión Europea. La respuesta de la ciudadanía ha sido evidente. Las movilizaciones convocadas por los sindicatos no han parado de sucederse y las huelgas por parte de ciertos sectores laborales han crispado aún más el crítico ambiente que se vive en estos países hundidos por el desempleo.
Links
http://www.ine.es/
http://www.finanzas.com/
http://www.cotizalia.com/
http://www.crisiseconomica2010.com/
http://www.elmundo.es/especiales/2008/10/economia/crisis2008/
Foto portada: Getty Images
Foto huelga: Getty Images
Foto Hu Jintao: Getty Images